Ayer te vi, necesitaba hacerlo y no fue casualidad. Te busco desde la última vez y lo hago en cada sonrisa, en cada mirada perdida, en muchas manos, en cada rubia y hasta en mi almohada, pero no te encontraba hasta que te vi ayer...

Entre meigas. Final

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Lo de nosotros duró lo que dura el deseo, la manzana prohibida que cuando la comes ves que no deja de ser una manzana y deja de atraerte. Cuatro días creo, pero de todas formas yo seguía yendo al bar todas las noches que a esa hora estaba muy tranquilo y ya había empezado a conocer a la escasa clientela y sus animadas tertulias nocturnas. Por otro lado, era todo muy familiar y me gustaba cenar allí, era raro el día que no pasara un "enganchado" con un cubo de algo que había pillado en la lonja y que vendía barato. Yo solía comprar el cubo si se veía que el "material" era fresco y Lourdes lo cocinaba para todos, tengo que admitir que era una gran cocinera. Y así pasamos varios días de una monotonía que me gustaba, de esas en las que empiezas a sentir que estas arraigando y te sientes tan a gusto como en casa.



Estuve unos días con gripe y me tuve que quedar en cama, no soy de esos que a la mínima falta a sus quehaceres cotidianos, pero esa vez estuve varios días con una fiebre alta que me impedían hacer nada. Las chicas de la casa me cuidaron como nadie, ya nos conocíamos bastante bien, pero fue en esos días cuando más noté el cariño que les faltaba, que era el mismo que vertían en mi, para ellas era como su niño, como un juego que deseaban se tornase en realidad, deseosas de cuidar y ser cuidadas y de dejarse tratar como ellas sabían hacerlo si alguien les daba la oportunidad.
No me faltaban mis platitos de sopa casera, o lo que Lourdes me hacía llegar a través de ellas y así pasé una gripe que por momentos y egoistamente deseaba que hubiese durado más.

Cuando quise darme cuenta, a la obra le quedaba escasamente una semana de trabajo y ya había avisado a Silvia para que me buscase billete para volver al siguiente domingo. Era lunes y probablemente terminaríamos el miércoles, pero me apetecía quedarme un poco más y pasar ese tiempo con las muchas personas que había conocido y despedirme de ellas sin prisa.
Llegó el viernes y me pasé por el bar a comer, Lourdes no estaba, Karla me dijo que tenía cosas que hacer en casa, pero además me tenía preparada una sorpresa, había un tal José que quería consultarme algo sobre una empresa dedicada a la construcción y que tal vez si yo le caía bien pudiéramos hacer algún trato beneficioso para mi. También me avisó de que era un "mafioso" del lugar y que aunque no me hiciera falta que fuera con cuidado.
Al llegar la tarde me encontré con José, era un hombre de unos cincuenta y pocos, bajito pero de complexión fuerte, hablaba muy pausado y sin tapujos con un marcado acento gallego. Me contó que un socio suyo le debía dinero y como no podía saldar la deuda le pagó con el local donde antes había una empresa de la construcción. El no tenía ni idea sobre el tema y buscaba a alguien que le asesorase o mejor aún que le llevara la empresa, que aunque en esos momentos no estaba operativa, tenía toda la infraestructura creada, cartera de clientes y todo tipo de herramientas y maquinas incluso.
Vimos el local y cenando junto a una mariscada regada de buen Riveiro cerramos el trato. Le dije de tomarnos una copa "donde siempre", ya no por la copa en sí, sino por poder contarle a todo el mundo que me quedaría por allí una buena temporada y con un sueldo espectacular.
Al llegar al bar, José dio un "pico" a Lourdes y me dijo:

- Ya conoces a mi señora, ¿Verdad?
- Si, contesté yo

En ese momento no sabía ni que decir, no me lo esperaba y aún menos entendía que ni Karla ni Lourdes me hubieran dicho nada. No le di mayor importancia, aunque por dentro me sentía engañado y utilizado, pero nada iba a estropear mi momento de gloria.

Al día siguiente (sábado) aún seguía pletórico, había llegado allí contento por ser encargado y me iría para volver como gerente de una empresa, ¿me podía sonreír más la vida?. Ese mismo día conocí en el bar a una chica con la que hablé mucho y ya por la tarde y después de haberme contado casi toda su lastimosa vida le dije que se viniera conmigo a Barcelona que yo le pagaba el billete y la dejaba alojarse en mi casa mientras encontrara trabajo. En aquellos días era fácil encontrar algo en la gran ciudad y habitaciones libres me sobraban en mi piso.
Lourdes escuchó toda la conversación y parecía incluso algo enfadada ¿celosa tal vez?, no, me dije, en realidad no hemos tenido nada y si alguien debe estar enfadado soy yo por no haberme dicho que estaba casada.

- Pero ¿vas a volver a Barcelona?, me dijo
- Si, mañana. Tengo cosas que arreglar antes de venirme definitivamente
- ¿Pero le estás diciendo a ella que se vaya contigo?
-  Claro, le dije, todo el mundo se merece una oportunidad, además tengo sitio y seguro que encuentra trabajo y en el caso de que no sea tan rápido y tenga que venirme tengo amigos/as a los que no les importará alojarla unos días o incluso puede quedarse en mi casa y así cuida de mi perro y mis cosas.

Esa era otra, mi fiel Nicolas, estaba en casa de Silvia y lo echaba tremendamente de menos, sobre todo paseando por la desierta playa cuando empezaba a amanecer, como tantas veces habíamos hecho en Barcelona.

Subí a mi habitación a ducharme, preparar las maletas y despedirme de mis compañeras de piso. Mientras me duchaba escuché voces fuera y me dispuse a salir para ver que pasaba cuando de repente José abrió la puerta del baño de una patada y sin casi poder reaccionar me dió un puñetazo y me vi encañonado por una pistola que portaba en el bolsillo de su chaqueta. Me quedé helado de miedo, mientras él me amenazaba con matarme si al cabo de una hora seguía por allí.

Me contaron las chicas que al parecer Lourdes le había contado lo poco que habíamos tenido y él después de emborracharse, enfurecido me estuvo buscando hasta que le dijeron donde me alojaba. Me contaron que era un hombre muy peligroso y que mejor hiciera caso y me largara esa misma noche si apreciaba mi vida.
Hice las maletas en un momento, cogí un taxi y pasé la noche en la estación de tren esperando al mio que salía a las ocho de la mañana. Justo antes de subirme vi en la recepción a la chica con la que hablé el día anterior, no llevaba maletas así que deduje que no iba a venirse conmigo y que seguramente quería decirmelo y despedirse. No le di la oportunidad de hacerlo, solo quería irme de allí y olvidar todo lo que había pasado.

En el viaje de vuelta y ya más relajado, también conocí a alguien, fue como en una de mis canciones favoritas de Sabina, pero como no me apetece escribir sobre eso ahora, os dejo abajo la canción y haced volar vuestra imaginación.

Tiempo más tarde regresé al mismo sitio para hacer un mantenimiento de los equipos que montamos, pasé por delante del bar sin animo de entrar, pero estaba cerrado y se notaba que desde hacía un tiempo. A quien si tenía ganas de saludar era a mis cariñosas compañeras de piso que se alegraron mucho de verme y de que me acordara de ellas, desayunamos juntos y esta vez si, nos despedimos con un hasta siempre...


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