Ayer te vi, necesitaba hacerlo y no fue casualidad. Te busco desde la última vez y lo hago en cada sonrisa, en cada mirada perdida, en muchas manos, en cada rubia y hasta en mi almohada, pero no te encontraba hasta que te vi ayer...

Entre meigas. Parte II

Comentarios
Estuvimos poco tiempo en la cafetería, mas que nada porque se encontraba en un paseo bastante concurrido y la gente nos miraba raro, no se porqué, sería que la cara de Karla era para verla, toda amoratada, aunque lo que resultaba más extraño era ver a una chica tan atractiva con barba de dos días. En el camino hacia ninguna parte, me dijo que ella podría hablar con la dueña de un piso que alquilaba habitaciones en el mismo barrio donde estuvimos por la noche y que no iba a ponerme ningún problema, así que sin dudarlo nos acercamos a conocer a la mujer.

Al llegar al piso rápidamente mi sagacidad me hizo darme cuenta de que las habitaciones las utilizaban las llamadas señoritas de compañía, como nos gusta decir para no ofender, aunque ellas se llamen a si mismas putas. Aunque también ayudaba mucho, verlas con poca ropa en el saloncito y mostrándome sus encantos pensando en que yo era un cliente dominguero. A mi no me importaba ese pequeño detalle, pero hubiese preferido que Karla me hubiese avisado.
Le expliqué todo un poco por encima y la "señora" parecía hasta encantada por tener este cambio en su rutina y yo también, porque era la mitad de dinero que la pensión y habíamos acordado en que en los recibos pondría el precio de la pensión y yo me quedaba con la diferencia. ¡Perfecto!, ya tenía alojamiento de nuevo.

Al rato Karla tenía que ir a trabajar en un bar que estaba cerca de allí, por lo que quedé en pasarme después de acomodarme y comer algo. La habitación estaba bien y la compañía mejor, tomé una cerveza con ellas mientras me preguntaban de todo y yo a ellas. Una vez saciada nuestra curiosidad, les pedí que me recomendasen un sitio para comer y me aconsejaron un pequeño bar cerca de la playa donde hacían muy buena comida y barata. El tema del bar no tiene más historia, pero es que no puedo dejar de contarte que ha sido donde he comido las mejores hamburguesas caseras que he probado nunca y aún hoy lo recuerdo por eso.



Estuve paseando un largo rato por la playa y por la ciudad bajo el perenne nublado cielo de A Coruña, hasta que ya cuando oscurecía decidí hacer una visita a mi contusionada nueva amiga. El bar era lúgubre y se veía de lejos que había tenido tiempos mejores y aunque no se diferenciaba en mucho de cualquier tasca lo llamaban "bar de copas", el nombre no voy a decirlo porque es posible que siga existiendo, lastima, para un nombre que recuerdo..., bueno, dos porque el de la dueña de dicho garito tampoco lo he olvidado, aunque eso es más normal y ya verás el motivo.

Al entrar Karla me saludó:
- ¡Hombre!, mi héroe (dijo ella en tono jocoso)
- ¿Tu eres Elias? (dijo Lourdes, la dueña)
- Elias si, pero lo de héroe vamos a dejarlo...

Lourdes me preguntó si había cenado, ya  que acababa de preparar unos pulpitos. Le dije que no y me hizo sentar en una mesa donde en cuestión de segundos me la llenaron de ricos manjares del mar, buen viño y al final un par de copas de su mejor whisky, todo por cuenta de la casa.
Karla ya le había contado todo a Lourdes, que en las copas se sentó conmigo, pero aún así no faltó el correspondiente interrogatorio sobre mi vida y como había terminado en tierras gallegas. No me importaba, me sentía muy cómodo hablando con ella y no dudé en responder todas sus preguntas sin evasivas y hacer las mías propias cuando me dejaba ella. Se nos pasó el tiempo rápido y Karla fue la que nos sacó de nuestra conversación al despedirse y hacernos ver que hacía rato que el bar estaba vacío.

- No te vallas, me dijo Lourdes, echo el cierre y salimos por detrás.

Tengo que reconocer que mientras cerraba no dejé de observarla ni un solo momento apretando con fuerza mi última copa, era una mujer muy atractiva y desde el primer momento en que la vi me llamó la atención. Me doblaba la edad, pero eso nunca me había importado y yo notaba que entre nosotros podía saltar la chispa en cualquier momento.

Tomamos aún una copa más y hablamos de mil cosas, fue entonces cuando me confesó que el bar no tenía puerta de atrás, aunque si una pequeña habitación para su descanso. Bueno, pensé, no me ha fallado mi sexto sentido y esta vez  ni la policía nos va a impedir pasar un buen rato. Y así pasamos varios días...

Continua...

Siguiente entradaEntrada más reciente Entrada anteriorEntrada antigua Página principal

0 comentarios:

Publicar un comentario