Ayer te vi, necesitaba hacerlo y no fue casualidad. Te busco desde la última vez y lo hago en cada sonrisa, en cada mirada perdida, en muchas manos, en cada rubia y hasta en mi almohada, pero no te encontraba hasta que te vi ayer...

Entre meigas. Parte I

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Siempre he sido de meterme en líos de todo tipo, tal vez porque nunca he tenido miedo de nada ni de nadie, tal vez porque soy muy intenso o quizás por ese subidon de adrenalina que te dan según que situaciones o experiencias. La cosa es que es algo que me pasa desde niño, si le preguntas a cualquiera de mi familia te contará mil historias sobre mi y casi ninguna buena, aunque con el tiempo la gran mayoría de ellas parezcan hasta graciosas o simpáticas, créeme que en algunas de verdad he deseado desaparecer de la tierra pensando que de esa no saldría esta vez. Pero como ella me dijo hace poco, soy tipo con suerte...

Tendría yo veintipocos o quizás menos (de mi memoria hablamos otro día) y trabaja montando "peceras" antiatracos y sistemas de seguridad varios entre otras cosas. Acababa de llegar a La Coruña y estaba pletórico porque iba como encargado de la obra y tenía muchas ganas de ponerme a ostentar mi flamante cargo.
Silvia, que era la secretaria de la oficina en Barcelona, se había encargado de todo, de los billetes, del dinero de bolsillo y el de los pagos e incluso de buscarme un alojamiento. Todo preparado para llegar y empezar a funcionar sin que yo tuviera que molestarme por nada más que por realizar el trabajo bien y rápido.

El día pasó en un soplido entre la planificación de la obra, buscar algunos materiales, conocer un poco la ciudad e instalarme, pero no fue hasta la noche cuando hablé con el dueño de la pensión donde me alojaba y me explicó un poco todo y sus rígidas normas, entre ellas la prohibición de subir mujeres a la habitación. Yo asentí a todo y le prometí que era un chico bueno que no le causaría ningún problema. Efectivamente cumplí mi promesa..., durante unos días, eso si, hasta que me echaron.

Llegó el fin de semana muy rápido y como no todo iba a ser trabajar, decidí darme una vuelta y conocer un poco el ambiente de noche de la ciudad. Visité unos cuantos lugares con la correspondiente copa en cada uno y no me preguntes donde, pero en uno de los locales se me pegó un travesti (no recuerdo su nombre así que la llamaré Karla) que me enseñó lo mejorcito en locales ilegales en pleno decadente barrio del Orzán.

El último lugar al que fuimos esa noche era un piso particular donde había una gran fiesta. Tomamos un montón de copas más y al poco estaba inmerso en un grupito que tenía una guitarra y me lancé a cantar algo de Sopa de Cabra (en catalán) e incluso de Serrat. La guitarrista, una morena bajita preciosa, empezó a hablar conmigo después de quedar embelesada por mi bella voz de borracho o tal vez por su propia borrachera (que es lo más probable), hasta que llegó el momento de irnos. Por supuesto ni corto ni perezoso le dije que si quería venirse conmigo y sin dudarlo asintió.

Seguro que en este punto alguien estará pensando:
- Ah, ya se por que te echaron de la pensión.
Pues te equivocas...

En esas estábamos cuando al salir vimos una gran trifulca en la calle y ¿a que no sabes a quien le estaban dando a base de bien?, efectivamente, a Karla. Llegó la policía al poco tiempo y la gente desapareció como por arte de magia, incluso mi entregada nueva amiga.
Al poco solo quedamos en la calle ella y yo, le habían dado patadas por todos lados y le costaba andar un rato seguido y aunque yo insistí mucho, se negaba a que la llevase al hospital. Me contó que su amante era precisamente un comisario de la policía nacional, que la tenía amargada con sus celos y sospechaba que la paliza de esa noche era un "regalito" suyo. No podía irse a donde dormía, supongo que por miedo, y yo no podía dejarla en la calle en ese estado y con sangre por todos lados, así que aún sabiendo lo que me jugaba, le dije que se viniera conmigo, que se aseara y descansara y ya de día, solucionase sus cosas.

Cuando llegamos a la pensión no había nadie para recibirnos, así que subimos sin problemas a la habitación y después de una charla donde me contó algunas de sus penas, nos quedamos dormidos, ella en la cama y yo en un maloliente sofá.

Ya por la mañana bajamos los dos a desayunar y despedirnos después de la intensa noche anterior. Pero claro, al salir teníamos que pasar por la recepción, la cara del dueño era para verla, estaba roja pero de ese rojo de furia y no del buen color de cara gallega y sin darme si quiera los buenos días, me dijo que tenía de tiempo hasta las doce para dejar la habitación. Yo intenté explicarle, pero ese hombrecillo sin alma no me dejaba ni hablar, por lo que al final el que acabó enfadado fui yo, recogí todo en un momento y me fui.

Y así fue como sin comerlo ni beberlo me vi sentado en una cafetería, con la maleta, mi nueva amiga/amigo Karla con la cara como un mapa y en la puñetera calle un domingo por la mañana.

Pero no, aquí no acaba la historia...

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